Relato acerca del objeto más antiguo: Una muñeca de porcelana
Una muñeca de porcelana
En casa tengo varios objetos antiguos pero el más significativo es una muñeca de porcelana que me obsequió mi abuela para mi cumpleaños número 25. Era la última que conservaba de todas las que alguna vez llegó a tener. Aún logro recordar cómo venía empacada y el rostro que puso al entregármela...
Estaba en una caja celeste envuelta en un papel celofán claro y una cinta azul amarrada arriba cerraba el paquete; las manos cansadas y con pequeñas manchas marrón se estiraban en consonancia con ese gesto gentil y cálido de un rostro que había envejecido demasiado, los ojos como cristales húmedos (mucho más brillantes de lo usual) también parecían sonreír y no había más que satisfacción y ternura en aquella escena.
Estaba en una caja celeste envuelta en un papel celofán claro y una cinta azul amarrada arriba cerraba el paquete; las manos cansadas y con pequeñas manchas marrón se estiraban en consonancia con ese gesto gentil y cálido de un rostro que había envejecido demasiado, los ojos como cristales húmedos (mucho más brillantes de lo usual) también parecían sonreír y no había más que satisfacción y ternura en aquella escena.
Es que nadie más parecía apreciar ese amor desinteresado que profesaba a tales objetos a los cuales, pese a que fuesen inanimados, ella les daba la vida que se le iba escapando del cuerpo. Algunas veces llegué a pensar que en ellas depositaba toda esperanza de futuro, de vitalidad, de salud, de color que iba perdiendo. Me domina una inevitable nostalgia el saber que nunca le pude mostrar esa muñeca a mi madre aunque ella sabía que cuando iba a casa de mi abuela por las tardes gran parte del tiempo lo ocupábamos en los vestidos que las ataviaban:
- Má, voy para donde mi abuelita Julia.
- Bueno, hija. Mándele estos cinco mil y que no se vayan a poner a comer muchos dulces.
- No, es que le estamos haciendo el vestido de novia a Rosa.
- Esa Julita parece una china chiquita con esas muñecas. - sonríe - No se demore que su papá la regaña.
Esta muñeca hacía parte de una colección que ella tenía hacía ya varios años y a las cuales siempre acostumbró coser ropa a mano. Era curioso saber que ahorraba algo del dinero que le daban sus hijos para obtenerlas y eso la hacía feliz; el solo verlas le hacía sentir alegría. Cada vez que las tocaba era como contemplar a una madre acariciar un segundo hijo, muy deseado, que sí pudo ver la luz del mundo, al cual sí pudo escuchar llorar en las noches y al cual sí pudo observar mientras exploraba por vez primera el suelo rechinante de la casa que tanto le esperaba.
Según ella me contaba, las muñecas fueron un tipo de afición y escape ante la violencia constante que se presentaba en su hogar y las circunstancias que no favorecían a su bienestar. Lindó con problemas familiares todo el tiempo: hijos que mueren, hijos que enfurecen, ira compartida, falta de dinero, sumisión como mujer ante el esposo, golpes, amantes, enfermedad. Quizá fuera que tomar unas telas de colores pasteles, velos, hacer diminutos bordados le serenara el espíritu; quizá fuera que el imaginar que en ellas podía tener otra forma de vida, imaginar paisajes anhelados, vivir la vida simple, levitar entre largos vestidos de satén le permitiera huir de una forma vida que jamás quiso.
Todavía cuando ella ya contaba con avanzada edad les siguió confeccionando prendas de vestir a sus muñecas, a las cuales, como es evidente, les tenía nombres. Con el tiempo sus problemas de salud visual se intensificaron y su hija le prohibió que lo hiciera; no obstante, no se detenía:
- Ay, abuelita Julia, usted es una viejita muy terca jajajaja.
- Lo que pasa, mija, es que acá no dejan que uno haga nada... que no tome gaseosa, que no coma galletas, que no salga porque se cae, que no tenga sus muñecas.
- Será porque se preocupan por sumercé.
- Ni por esas, es que les da miedo que me muera pero uno no vive para siempre y eso para estar aburrido todo el tiempo no. Venga más bien me enhebra esta aguja como le enseñé.
- Lo que pasa, mija, es que acá no dejan que uno haga nada... que no tome gaseosa, que no coma galletas, que no salga porque se cae, que no tenga sus muñecas.
- Será porque se preocupan por sumercé.
- Ni por esas, es que les da miedo que me muera pero uno no vive para siempre y eso para estar aburrido todo el tiempo no. Venga más bien me enhebra esta aguja como le enseñé.
Un día le botaron las muñecas y ella no pudo más que contarme en medio de su tristeza. Algo en ella se apagó, pero para los otros, que nunca se sentaron tardes enteras a hilvanar aquellos vestidos, que nunca supieron los nombres de cada una, que nunca le enhebraron las agujas ni aprendieron a crear nuevos atuendos para esos "simples objetos", no eran más que achaques de una señora de edad avanzada que se comportaba como una niñita caprichosa.
A un año de que mi abuela pusiera en mis manos aquella muñeca de porcelana y dos luego de que mi madre se fuera, ella también decidió marcharse; después de todo, ya había dejado guardado en otro sitio, donde no se perdería, el símbolo de su eterna juventud; después de todo ya me había dejado un escape por si la vida me daba más golpes, como la pérdida de mi madre,(la cual lloró a mi lado en sus últimos dos años de existencia mientras me preguntaba si quizá se encontrarían en otro lugar) y ante todo, ya me había enseñado a enhebrar agujas.

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